La postura del murciélago

Cada vez que puedo, comparto algo de rock y yoga.

 

Porque, para mí, hay algo que une esos dos mundos tan distintos.

 

Y hoy es un día particular, porque murió Ozzy: prócer del rock, padre indiscutido del heavy metal.

 

Es misterioso lo que ocurre cuando alguien se apaga.

 

Sobre todo, cuando ese alguien no es tu sangre, aunque forma parte de tu identidad.

 

Ya te dije en otra oportunidad, que no me gusta la frase “todos somos uno”.

 

En este caso, me animo a decirte que nos armamos con partes de otros.

 

Y Ozzy fue una parte importante en mí, y por ende, en la escuela.

 

Porque este tipo, era un chiflado, y tenía esa parte oscura que todos llevamos.

 

La que no podemos -ni nos animamos- a mostrar.

 

Quizás te enteraste de alguna locura que hizo, porque hizo muchas.

 

Despreciables, enfermas…en fin, cosas que no generaban para nada mi admiración.

 

Pero sí su música, eso es lo que me marcó.

 

Porque tiene la capacidad de encender ese fuego que, a veces, ni con el yoga puede encender.

 

Y hace falta tener viva esa llama: agni, fuego digestivo, fuerza interior, como quieras llamarla.

 

Hoy esa fueguito quedó medio en piloto, como el calefón.

 

Porque una partecita tuya se va junto con ese Ozzy que te acompañó.

 

Aún sabiendo que es el orden natural de las cosas, igualmente duele soltarla, saber que ya no está más.

 

Pero, a riesgo de sonar un poco cliché, se transforma.

 

Va a parar a otro lado.

 

Al alma.

 

Y en la mía suenan rock y metal.

 

No soy muy distinto a vos.

 

Sé que debés tener un Ozzy de otro género: algún cantante, escritor, periodista, lo que sea, que te sumó algo en tu estructura identitaria.

 

Aún con todas sus sombras.

 

Porque los humanos damos bastante angustia en muchas cosas.

 

La bocha, es ser práctico: sacar de alguien, lo que te sirva, lo que te sume, aún con cosas que te hagan ruido.

 

Es una buena práctica.




Un abrazo y que pases un gran día.

 

Leo.